viernes, junio 10, 2005

animal blanquecino palomoide

Vienes manejando desde lejos con el aliento a vino, los sentidos adormecidos, sabes que pronto habrá de acabar, de nuevo la intuición de la muerte tan certera, la verdadera muerte, la que nos llega como presagio de la futura nadería, una barrera, una línea diminuta que cruzamos sin querer, el círculo en el que se inscriben forzosamente nuestros pies, el perímetro estrictamente articulado para contener la longitud exacta del pie de un hombre maduro. De niños no nos preocupa excederlo pues queda espacio suficiente para jugar sin temor, y además, siempre podemos mirar hacia arriba en busca de infinitos vedados a nuestra horizontalidad restringida y deseamos impacientes volvernos hombres como otros desean volverse mariposas para elevarnos hasta el límite definitivo como ícaros o antílopes alados o mariposas, pero crecer no nos llevará más cerca de nuestros infinitos verticales que añoramos con la cabeza en alto y los brazos estirados desgarrándose desde los hombros hasta las pulpas resecas de los dedos, crecimiento nefasto de extremidades condenadas al sedentarismo contemplativo, crecimiento de pies que deberán esforzarse cada vez más por evitar el perímetro del círculo que los contiene. Ya ni siquiera podemos sentarnos pues la barriga y las espaldas encorvadas exceden el perímetro, tampoco habrá más bailes ni nada, un cono infinitamente prolongado hacia arriba, lo único que queda está arriba, y en nuestras siestas de parados soñamos nuestro cuerpo flotador observándonos desde lo alto, planos aéreos largamente prolongados, huesos y músculos mechados que filtran aire y componen el arquetipo del animal volador blanquecino palomoide, mientras abajo, siempre abajo, nos inquietan cada vez más estos dedos regordetes de los pies que ya pisan el borde ambarino del círculo, y somos demasiado altos y torpes y tenemos sueño y esta nostalgia o añoranza del suelo, de nuestro pasado de niños jugando con lombrices y barro, un algo innombrable que nos impele hacia abajo mientras la cabeza se retuerce maquinalmente sin dejar de soñar con lo de arriba ni desatender el peligro que nos acosa desde el suelo, sentimos este desequilibrio de resaca que tironea el cuerpo rígido desde todas direcciones y los ojos muertos merecen un descanso pero deberás postergar el entierro y el féretro tibio de párpados para más tarde pues a ciegas el equilibrio es insostenible, el cuello ya nada sostiene, los brazos hace tiempo no se mueven, pero ciertos rasgos en el rostro permanecen dibujados y las mejillas sobreviven, arrastrándose hacia atrás para dejar lugar a los labios que se estiran complacientemente sin mostrar el recinto de dientes putrefactos. Una última luz tibia se escurre entre las nubes y se regala muy de a poquito sobre la frente del hombre casi ciego, un último esfuerzo, los pliegues en la sien y el sudor que lo recorre íntimamente, la rodilla que se eleva un tanto y toda una pierna con evidente predisposición totalmente fuera, por primera vez fuera, y entonces has muerto, como has querido, muerte voluntaria y después nada.