sábado, junio 18, 2005

Hay que saber despertarse (primera parte)

Una teoría sobre por qué nos da tanta paja levantarnos y aun así lo hacemos cada mañana:

Dios no te odia. Pero tampoco te conoce y deberías preguntarte seriamente qué has hecho para arrimar tu nombre siquiera un palmo más cerca de las laderas del monte donde habita solitario. Por ahora prefieres el anonimato. Te has despertado con cada amanecer y la luz que desfila entre nubes y las atraviesa blanquecina y colmada de humedades se filtra entre las cortinas hasta la cama y a través de un último velo de párpados también húmedos para proyectar entre sueños imágenes purpúreas y manchas escarlatas, tu propia entraña impresa sobre un sócalo transparente y luego invertida sobre el techo cóncavo de una esfera lechosa que reclama entre sollozos su tazón de tibias claridades: una jarra humeante de café negro y el olor a tinta del periódico. Saber despertarse es un arte que pocos dominan. ¿Por qué cuesta tanto esfuerzo abrir los ojos y despabilar el cuerpo de su horizontalidad mañanera? Un amigo una vez me dijo que es parte del castigo por el pecado original: “Solo cuando dormimos somos siervos respetuosos del Señor, y El sabe que en cuanto estemos despiertos volveremos a pecar”. "Pero por más difícil que sea, la enorme mayoría de nosotros seguimos levantándonos cada mañana" le dije, como intentando mostrarle que el supuesto obstáculo divino era bastante poco eficiente. "Bueno, el hombre pierde la mitad de su vida durmiendo, le urge levantarse y aprovechar lo que le queda si quiere tocar una teta antes de morir." "Claro que la teta es una metáfora" continuó mi amigo, "para algunos representa una teta, pero a otros puede motivarlos la gula, el prode, la familia, la plata o el poder". "Lo importante" concluyó "es que despertarse nunca es un acto reflejo, sino muy por el contrario, un claro acto de voluntad. Uno se despierta porque quiere algo. Que no te confundan esos que ves caminar de día sin saber lo que buscan, esos siguen dormidos." "Bueno, por lo menos no pecan" le dije con una sonrisa. "Tampoco viven. Pertenecen al pelotón gris de desgraciados genéticamente privados de la sensibilidad para apreciar uno de los placeres más elevados: el desayuno, un café negro y un buen periódico."