viernes, junio 10, 2005

Qué estás leyendo?

¿Qué está pasando? Tú no lo sabes, no sabes dónde es aquí y mucho menos qué está pasando. No hay forma de que lo sepas: eres mi lector y aun no te he contado. Sabes que pronto vendrán cascadas de consonantes y comas pero poco imaginas los pastizales y pasillos y terciopelos anaranjados. Sabes que cada página encuadra entre sus márgenes párrafos y sangrías, terribles garabatos alineados sobre pentagramas transparentes, y cada página simula tapices o laberintos, pero poco sabes de mis desvelos por encauzar tu mirada en los surcos que tan cuidadosamente he trazado. Confundirás la elegancia de una ese minúscula con el fragor mañanero de aguas blanquecinas, y quizá algún apóstrofe malabarista te convide añoranzas de vapores y de carnes purpúreas. Te volveré trovador o ingeniero y volverás a la infancia de rondas o te devolveré a aquella mañana que se pasó demasiado pronto, enroscado entre sábanas blancas y muslos tan tibios. Todo porque desentierres este cuento condenado al ostracismo en un viejo cajón. Comienza sin saber dónde acabar cual escupitajo fosforescente lanzado verticalmente sobre el rostro, sube, sube, se detiene y se hace nube.
Había descubierto las palabras demasiado temprano, y durante mucho tiempo me entretuve con asteriscos hasta que alguien arrancó suavemente un diente de león y deshizo el ramillete perfectamente esférico de semillas plateadas. Imaginen la sorpresa cuando me dijo te regalo mi cintura y la multitud de mis cinturas inventadas se marchitaron de vergüenza. Pronto empezaron a sobrarme renglones y me conformé con unas pocas decenas de palabras que ordenaba a desgano. Basta de tanto verbo y dibujo, estalló una fanfarria muda, el elogio de una dislexia anestésica de planetas y sonrisas. Así pasaron muchas páginas y una plétora desmesurada de atardeceres sulfúricos que se restaban de a uno a mi bolsita de canicas numeradas. Mientras tanto, el cuento permanecía oculto e inconcluso en el mismo cajón, mendigando oraciones y una sepultura más apropiada. Pasaron varios centenares de cigarrillos y descubrí que el ascua trémula y las telarañas de humo me recordaban nombres y rostros de personajes imaginarios, amistades invisibles que había postergado cuando todavía pensaba que el tiempo era infinito y ninguna prórroga podía ser perpetua. Cuando cansado de tanta palabra todavía no puedas rescatar a los personajes de su bidimensión patética, pensate abrazándolos, pensá tus brazos rodeando una barriga hemisférica y las manos del otro muy frías apoyadas en tu espalda desnuda.